¿Desde dónde?


                                                  


Hace días que me ronda en la mente la pregunta:

– ¿Desde dónde es el lugar correcto?

Me refiero a ese lugar cuidado, de respeto para mí y para el otro.

Me escucho, me siento, me percibo en mí. Me detengo, observo, reflexiono: ¿acciono o reacciono?

Me pregunto cuando acciono, desde dónde hago lo que hago. ¿Por qué lo hago? ¿Para qué lo hago? ¿Quién mueve la acción? ¿Yo? ¿Son las circunstancias las que me empujan? ¿O es una reacción visceral sin reflexión previa?

¿Y para quién lo hago? ¿Me muevo desde el presente? ¿Me impulsa un deseo genuino y propio? ¿O quizás todavía hay una niña en mí deseosa de mirada buscando a mamá, o a papá?

¿Son las experiencias satisfactorias o por el contrario las que han sido dolorosas y traumáticas las que me habitan?

Revisar estas cuestiones a menudo me ayuda a darme cuenta de mi responsabilidad en lo que vivo; en los conflictos, en los encuentros y desencuentros. Me doy cuenta así de que lo que me pasa a veces no es solo mío, y sobretodo no es casual ni fortuito. 

A veces he tenido la certeza de que no era un yo individualizado quien decidía y accionaba a través de gestos o palabras, sinó un yo influenciado por un amasijo de circunstancias del pasado y del presente entrelazando acontecimientos.

Aquí y ahora podrían bien ser la preocupación por pagar todas las facturas del mes, la responsabilidad de ejecutar bien mi trabajo sin olvidarme de las fechas de entrega, los acontecimientos en el calendario, las citas en la consulta y otros quehaceres. 

También y por supuesto ocupando un lugar de mucha importancia para mi, me ocupa el bienestar de mis hijos: que no les falte mi presencia y atención mientras hago malabares entre el ordenador —que es una fuente de tentación para mí, porque se ha convertido en un lugar desde el que expreso mi creatividad con mucho disfrute—, la tortilla de patatas que casi se me quema para la cena y la ropa que sigue en el bombo de la lavadora y sería mejor tender antes de que se arrugue, porque si no mi hija no tendrá su chándal preferido mañana a tiempo para la clase de gimnasia. Ah! y que no me olvide de repasar el informe de notas de mi hijo mayor que, tan adaptativamente como siempre lleva toda la semana esperando a que yo le preste un tiempo de atención calmada para hablar sobre esas notas de las que se siente tan satisfecho. Que no me olvide recordarle que lo importante para mí no es el número de la nota que saque, sinó que disfrute aprendiendo, como siempre ha hecho.

Me releo en estas primeras líneas y sé que me quedo corta, porque mientras todo eso ocurre a la vez, estoy pendiente de los “un montón” de grupos de WhatsApp donde estoy más o menos activa y atenta para mantener mi presencia en esos lugares de vida social donde sé que quiero estar. (De vez en cuando reviso grupos y me tomo un momento para decidir si aún quiero seguir ahí; entonces, para ser coherente, me despido cordialmente agradeciendo y salgo, para sentir que me libero de responsabilidades extras que ya no necesito).

No puedo hacer lo mismo con otras responsabilidades más orgánicas que siento conectadas a mí. Esto no sé muy bien definirlo, porque ya hace tiempo que sé que no se trata ni de un trabajo o perfil profesional, ni de “algo que yo haya venido a hacer en el mundo en concreto”, no lo vivo como una misión ni carga. Para mí es más fácil que eso: es sentir que puedo quedarme amando lo que hago. Entendiendo amor como una forma universal de afecto y condición humana; es la expresión de respeto hacia mí misma y hacia las personas con las que me relaciono, aunque no sean relaciones íntimas ni de vínculo familiar. Pero cuando se trata de relaciones personales, algo muy interno y muy sentido me mueve a tratarlas con cuidado.

Mi trayectoria profesional con el tiempo ha se ha ido redirigiendo, pero hay un eje central: la búsqueda del bienestar y el cuidado de las personas.

Esta apreciación me ha llevado a indagar en metodologías terapéuticas y para el crecimiento personal. En un inicio buscaba herramientas para ejercer, pero ya hace tiempo que esa inercia se invirtió y descubrí que la mejor forma de adquirir esas herramientas era buscar mi propio crecimiento personal.

He pasado por el lugar de la alumna muchas veces y en ese rol me siento feliz! Sacio mí gran curiosidad siempre latente, mis dudas encuentran respuestas, y descubro mundos nuevos para mí que me ayudan a abrir la mente.

Revisar que peso tiene mi búsqueda personal en mis relaciones con responsabilidad y consciéncia me hace sentir coherente, centrada y lúcida. Conocerme y experimentar la vida a través de las relaciones además me ayuda a salir de mi ombligo para entender un poco más cómo funciona el mundo y salir del drama que invalida y victimiza.

Porque no soy tan diferente del otro, ni el otro de mi. 

Otra questión que me importa mucho son las emociones. Todas. Las que me resultan más agradables claro que me apetecen más, pero las que me interesan últimamente son aquellas que a priori, podrían no parecer saludables —y no lo son—, como el miedo, la rabia, el asco, la envidia, etc., porque me hacen saber que algo no va bien. Es entonces cuando necesito respirar profundo, parar y meditar un tiempo —a veces días o meses — para entender que necesito y que es lo que ya estoy intuyendo pero no veo o no entiendo de una forma racional ni con una narrativa convincente: lo sé desde un lugar muy orgánico, en alguna parte de mi cuerpo. Y aunque se generen impulsivamente e incluso se activen y me dominen inicialmente, decidir que hago al respecto después de su aparición me ha enseñado a comprender “para qué sirven” en realidad. 

Creo interesante observarlas y darles un lugar, un sentido aunque no siempre me parece necesario usarlas para que justifiquen la acción. Poner "en cuarentena las emociones" me resulta bastante útil casi siempre.

Esta forma de estar atenta a lo que siento, a lo que pasa en mi mundo interno en relación con el entorno y/o con mis propios deseos y necesidades, no sé si nació conmigo, pero no la he reconocido ni le he dado lugar hasta bien llegada a los cincuenta, justo en mi etapa vital nombrada biológicamente como perimenopausia por el sistema médico y ginecológico, o climaterio en otros ambientes. Y no creo que sea casual. Para ser consciente de lo que hoy veo y siento he tenido que navegar a oscuras muchas tormentas, equivocarme de ruta y cambiar el rumbo más de una vez. Era necesario el paso del tiempo. 

Ahora que disfruto del viaje desde un lugar más calmado, aun con la responsabilidad del día a día, mi agenda llena de quehaceres por realizar y los malabares que ser madre de dos adolescentes siento que soy más capaz de estar disponible para mí y para los demás con una presencia sincera y atenta a lo que ocurre. 

Aunque reconozco que de forma inconsciente también fué este instintivo amor por el prójimo lo que me movió siempre; el problema fue que no gasté de aquello de “igual que a mí misma” sinó que, por complejos y falta de suficiente amor propio, me situé siempre después del otro. Esto que podría parecer muy alabable, reconozco que ha sido mi gran defecto, o para ser más compasiva al nombrarlo, diré que ha sido mi gran dificultad.

Se me ocurre que es una lástima no haberlo aprendido antes. No tengo ni idea de si es igual para todo el mundo; intuyo que no. Cada cual vivimos una historia única, incomparable a ninguna otra y genuina. Desde esta mirada puedo sentir profundamente un gran respeto hacia la evolución ajena, y aunque se me pase por la mente algún juicio —porque también lo hago inevitablemente, mal que me pese—, sé que cada vida humana es única, valiosa y merece todo mi respeto, incluso aunque yo no entienda sus motivos.

Trascender los complejos y poner en valor mis capacidades y habilidades ha sido todo un peregrinaje interno. Un viaje de ida y vuelta a mí misma, a mi autenticidad más genuina y real. Abrazando lo propio y a la vez, todo aquello que no depende de mí y que tiene más que ver con mi herencia familiar respecto a patrones de comportamiento. También con algunos mecanismos de defensa que construí a temprana edad y que gracias a un exquisito y paciente acompañamiento terapéutico he podido ir digiriendo y recolocando en mi historia personal con toda la amabilidad y dulzura que he aprendido a reconocer en mí, gracias a un vínculo seguro que me ha acompañado en el camino. Y aún estoy en ello.

No es que haya llegado a ningún lugar. Para mí el viaje sigue… e intuyo que seguirá mientras esté viva. Lo que ha cambiado es el lugar desde donde observo y, por lo tanto, desde donde tomo decisiones.

Y es desde ahí, desde esta nueva consciencia de mí misma, desde donde siento, sé y decido seguir caminando, y emprender la acción legítima de crear y cocrear en el mundo lugares donde hacer uso de lo aprendido. Una vez más, poniendo al servicio de la vida —de mi vida— todo aquello que me genera curiosidad para seguir aprendiendo. Aunque la prioridad y el eje ahora soy yo, no ha desaparecido en mí el deseo de acercarme al otro y sentir que juntos podemos transformar el entorno. 

Mis dos pasiones hoy son la pedagogía terapéutica y la docencia que aunque se parecen y confluyen, en la ejecución profesional no son lo mismo: la primera enseña para la vida saludable y satisfactoria; la segunda imparte contenidos útiles en lugares y áreas concretas de la vida. Y entre las dos se construyen los cimientos de una vida en equilibrio, con bienestar y coherencia personal, donde las emociones son herramientas para el autoconocimiento y las decisiones generan la energía empoderada que mueve el timón hacia un destino elegido, sorteando adversidades y disfrutando de los paisajes externos, vínculos y lugares internos de percepción única en cada cual.

Poniendo en valor de dónde vengo y revisando atenta lo que me sirve y lo que suelto es así como redibujo hoy una versión actualizada de mis ideales y creencias.

Y es desde ese lugar desde donde quiero ser y estar en el mundo hoy. Un lugar que me ayuda a entenderme mejor, a estar más presente para mí, y para los demás sea qual sea el vínculo y mi ejercicio professional.

 







Comentarios

Entradas populares de este blog

Fórmula para el bálsamo mucolítico y expectorante

Ver para creer