¿Desde dónde?
Hace días que me ronda en la mente la pregunta:
– ¿Desde dónde es el lugar correcto?
Me refiero a ese lugar cuidado, de respeto para mí y para el otro.
Me escucho, me siento, percibo fuera, me detengo, observo, reflexiono: ¿acciono o reacciono?
Me pregunto si, cuando acciono, desde dónde hago lo que hago. ¿Por qué lo hago? ¿Para qué lo hago? ¿Quién mueve la acción? ¿Yo? ¿Son las circunstancias? ¿O es una reacción visceral sin reflexión previa?
A veces he tenido la certeza de que no era un yo individualizado en verdad, sino un yo influenciado por mis circunstancias: aquí y ahora podrían bien ser la preocupación por pagar todas las facturas del mes, la responsabilidad de ejecutar bien mi trabajo sin olvidarme de las fechas de entrega, los términos en el calendario y otros quehaceres. También, por supuesto, el bienestar de mis hijos: que no les falte mi presencia y atención, mientras hago malabares entre el ordenador —que es una fuente de tentación para mí porque se ha convertido en un lugar desde el que expreso mi creatividad a menudo—, la tortilla de patatas que casi se me quema para la cena y la ropa que sigue en el bombo de la lavadora y sería mejor tender antes de que se arrugue, porque si no mi hija no tendrá su chándal preferido mañana a tiempo para la clase de gimnasia. Ah, y que no me olvide de repasar el informe de notas de mi hijo mayor que, tan adaptativamente como siempre, lleva toda la semana esperando a que yo le preste un tiempo de atención calmada para hablar sobre esas notas de las que se siente tan satisfecho. Y, sobre todo, que no me olvide de recordarle que lo importante para mí no es el número de la nota que saque, sino que disfrute aprendiendo, como siempre ha hecho, porque su innata curiosidad y deseo de saber y conocer lo nuevo le han llevado siempre a integrar con facilidad los contenidos.
Me releo en estas primeras líneas y sé que me quedo corta, porque mientras todo eso ocurre a la vez, estoy pendiente de los “un montón” de grupos de WhatsApp donde estoy más o menos activa y atenta para mantener mi presencia en esos lugares de vida social donde sé que quiero estar. (De vez en cuando reviso grupos y me tomo un momento para decidir si aún quiero seguir ahí; entonces, para ser coherente, me despido cordialmente agradeciendo y salgo, para sentir que me libero de responsabilidades extras que ya no necesito).
No puedo hacer lo mismo con otras responsabilidades más orgánicas que siento conectadas a mí. Esto no sé muy bien definirlo, porque ya hace tiempo que sé que no se trata ni de un trabajo o perfil profesional, ni de “algo que yo haya venido a hacer en el mundo en concreto”. Para mí es más fácil que eso: es sentir que puedo quedarme amando lo que hago, y sentir que también recibo amor. Entendiendo amor como una forma universal de afecto y condición humana; es la expresión de respeto hacia mí misma y hacia las personas con las que me relaciono, aunque no sean relaciones íntimas ni de vínculo familiar. Pero cuando se trata de relaciones personales, algo muy interno y muy sentido me mueve a tratarlas con cuidado, y no es tan fácil para mí soltar o dejar atrás cuando siento que puedo generar daño. Esta apreciación me ha llevado a indagar en metodologías terapéuticas, como asistente y/o participante, que ponen en evidencia el hecho de que las circunstancias que nos influyen no son únicamente las del “aquí y ahora”, y he descubierto cómo me ha influenciado a veces el histórico familiar.
Revisar qué peso tiene eso en mis reacciones, con responsabilidad y consciencia, me ha ayudado a menudo a aligerar carga y, sobre todo, a ampliar mi mirada; también a salir de mi ombligo para entender un poco más cómo funciona el mundo y salir del drama que invalida y victimiza.
Otra cosa importante para mí son las emociones que, a priori, podrían no parecer afectuosas —y no lo son—, como el miedo, la rabia, el asco, etc., pero que bien me hacen saber que algo no va bien. Es entonces cuando necesito respirar profundo, parar y meditar un tiempo —a veces días o meses— para entender qué necesito y qué es lo que ya estoy intuyendo pero no veo o no entiendo de una forma racional, con una narrativa convincente, pero que está pasando en mí muy orgánicamente: en alguna parte de mi cuerpo. Y aunque se generen impulsivamente e incluso se activen y me dominen inicialmente, decidir qué hago al respecto después de su aparición me ha ayudado a comprender “para qué sirven” en realidad. Creo interesante observarlas y darles lugar, aunque no siempre me parece necesario que justifiquen la acción.
Esta forma de estar atenta a lo que siento, a lo que pasa en mi mundo interno en relación con el entorno y/o con mis propios deseos y necesidades, no sé si nació conmigo, pero no la he reconocido ni le he dado lugar hasta bien llegada a los cincuenta, justo en mi etapa vital nombrada biológicamente como perimenopausia por el sistema médico y ginecológico, o climaterio en otros ambientes. Y no creo que sea casual. Para ser consciente de lo que hoy veo y siento, he tenido que navegar a oscuras muchas tormentas, equivocarme de ruta y cambiar el rumbo más de una vez.
Ahora que disfruto del viaje desde un lugar más calmado, aun con la responsabilidad del día a día, mi agenda llena de quehaceres por realizar y los malabares que ser madre de dos adolescentes me mueve desde lo más biológico y visceral, siento que soy más capaz de estar presente para mí y para los demás con una presencia sincera y atenta a lo que ocurre. Aunque reconozco que, de forma inconsciente, también fue este instintivo amor por el prójimo lo que me movió siempre; el problema fue que no gasté de aquello de “igual que a mí misma”, sino que, por complejos y falta de suficiente amor propio en el pasado, me situé siempre después del otro. Esto, que podría parecer muy alabable, reconozco que ha sido mi gran defecto, o, para ser más compasiva al nombrarlo, diré que ha sido mi gran dificultad.
Se me ocurre que es una lástima no haberlo aprendido antes. No tengo ni idea de si es igual para todo el mundo; intuyo que no. Cada cual vivimos una historia única, incomparable a ninguna otra y genuina. Desde esta mirada puedo sentir profundamente un gran respeto hacia la evolución ajena, y aunque se me pase por la mente algún juicio —porque también lo hago inevitablemente, mal que me pese—, sé que cada vida humana es única, valiosa y merece todo mi respeto, incluso aunque yo no entienda sus motivos.
Trascender los complejos y poner en valor mis capacidades y habilidades ha sido todo un peregrinaje interno. Un viaje de ida y vuelta a mí misma, a mi autenticidad más genuina y real. Abrazando lo propio y, a la vez, todo aquello que no depende de mí y que tiene más que ver con mi herencia familiar respecto a patrones de comportamiento y con algunos mecanismos de defensa que construí a temprana edad y que, gracias a un exquisito y paciente acompañamiento terapéutico, he podido ir digiriendo y recolocando en mi historia personal con toda la amabilidad y dulzura que he aprendido a reconocer también en mí, gracias a un vínculo seguro que me ha acompañado en el camino. Y aún estoy en ello.
No es que haya llegado a ningún lugar. Para mí el viaje sigue… e intuyo que seguirá mientras esté viva. Lo que ha cambiado es el lugar desde donde observo y, por lo tanto, desde donde tomo decisiones.
Y es desde ahí, desde esta nueva consciencia de mí misma, desde donde siento, sé y decido seguir caminando, y emprender la acción legítima de crear y cocrear en el mundo lugares donde hacer uso de lo aprendido. Una vez más, poniendo al servicio de la vida —de mi vida— todo aquello que he aprendido y que me genera curiosidad para seguir aprendiendo. Aunque la prioridad y el eje ahora soy yo, no ha desaparecido en mí el deseo de acercarme al otro y sentir que juntos podemos transformar el entorno así redibujo hoy una versión actualizada de mis ideales y creencias.
Mis dos pasiones hoy son la pedagogía terapéutica y la docencia que, aunque se parecen y confluyen, en la ejecución profesional no son lo mismo: la primera enseña para la vida saludable y satisfactoria; la segunda imparte contenidos útiles en lugares y áreas concretas de la vida. Y entre las dos —al igual que siento en mí— se construyen los cimientos de una vida en equilibrio, con bienestar y coherencia personal, donde las emociones son herramientas para el autoconocimiento y las decisiones generan la energía empoderada que mueve el timón hacia un destino elegido, sorteando adversidades y disfrutando de los paisajes externos, vínculos y lugares internos de percepción única en cada cual.

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